Escribe: Eduardo Franco Loor, “Rafael Correa más allá del odio”

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Escribe: Dr. Eduardo Franco Loor.

Ningún personaje de la historia del Ecuador en los últimos cien años ha suscitado tal cúmulo de odios, de rencores, de angustias, de recelos; y también de amor y de simpatía, como la figura ya histórica, pero de actualidad del ex-Presidente de la República Rafael Correa Delgado. Sus enemigos no le perdonarán jamás que los haya derrotado siempre electoralmente (eso está fuera de toda duda). No le perdonarán que permanentemente fue un vencedor.

Si en el poder no lo derrotaron nunca, hoy que este hombre es un simple ciudadano, solamente protegido por su legado histórico, por supuesto no lo vencerán, porque la Revolución Ciudadana que él encabezó y dirigió y que lideró con destreza, sagacidad política y honestidad gubernamental, lo salva.

Muy por encima de sus yerros, que los tiene en gran medida, -al fin y al cabo hombre es y con errores- es indiscutible que su gobierno se caracterizó por una esperanza popular nunca antes vista ante la decepción de gobiernos que llegaban al poder en medio de discursos demagógicos. Lo que dijo en campaña, Correa lo cumplió. Hay una revolución educativa de grandes infraestructuras materiales y de diseños estructurales que calaron hondamente en la conciencia cívica de los ecuatorianos.

Hay una estructura vial que nunca se había hecho en los anales de la vialidad ecuatoriana. En salud pública y seguridad social hubieron grandes conquistas. Se precautelaron los derechos de los trabajadores por encima de la precarización y flexibilización laboral implementada y propugnada por la partidocracia.  Hay una revolución política sintetizada en toda una revolución jurídica que trasformó toda la estructura del sistema normativo-jurídico del país.

Correa triunfó porque confrontó y no transigió. Para él transigir con los enemigos de siempre, con la partidocracia, con la oligarquía ecuatoriana neoliberal, con el Fondo Monetario Internacional y sus adláteres nacionales, era una traición. Correa confrontó porque de su enfrentamiento los grandes beneficiados -eran y lo fueron-, los más necesitados del Ecuador: los pobres. Correa ganó porque confrontó a los poderes fácticos establecidos, entró en pugna con intereses hegemónicos que eran intocables: el gran capital, los intereses creados de las oligarquías y la gran prensa comercial. A ellos los asustó y los venció.

Su estilo fue demoledor. Las sabatinas que fueron el enlace comunicacional con el pueblo ecuatoriano de la gestión semanal de su gobierno, muchas veces fue la tribuna donde denostó sin miramientos ni contemplaciones, sin tregua, a sus adversarios. Tenía que hacerlo y lo hizo. Una revolución que pretende ser tal no puede capitular sino que tiene que vencer con la aureola apoteósica de la inmensa mayoría popular.

Correa confrontó, porque la contradicción con los grupos hegemónicos era la llave para la estabilidad política de su movimiento Alianza País y de la Revolución Ciudadana, en pro del progreso y desarrollo del Ecuador.

Correa los venció porque indiscutiblemente tenía un liderazgo fuera de lo común: grande inteligencia, altura de miras, ropaje ético que lo blindaron y lo hicieron invencible; y por eso le temieron y lo respetaron, incluso sus más acérrimos enemigos.

Correa los venció porque de la confrontación social y política, él sabía que eso implicaría el ataque despiadado a los causantes eternos de la crisis nacional. Por eso Correa no fue un presidente más, sino el líder que el pueblo necesitaba para su rehabilitación política. El pueblo se identificó con él como nunca antes se había visto en nuestra historia, y lo respaldó siempre.

Correa fue conflictivo, sí, pero con los grandes males económicos sociales y políticos que siempre tuvo el Ecuador. No podía consensuar con los enemigos históricos que habían llevado a la debacle al país. Tenía que aniquilarlos electoralmente. Tenía que reducirlos a la mínima expresión política para que no retornen al manejo de las riendas del Estado. Y lo hizo.

Para Rafael Correa, en su tránsito gubernamental su objetivo supremo era la consolidación de los postulados de Alianza País y de la Revolución Ciudadana: Lograr la edificación de una sociedad con crecimiento económico sostenido y progreso social, con plena soberanía, con justicia y equidad. Tenía que construir la filosofía del Socialismo del buen vivir, del siglo XXI. Por eso lucho sin cuartel desde el poder con las élites acostumbradas a controlar el poder político para beneficio de sus intereses protervos.

Hoy, sus eternos enemigos no se cansarán en denostarlo y calumniarlo. Dirán que su gestión gubernativa ha dado resultados económicos paupérrimos, de crisis económica, pero se olvidan de la caída del precio del petróleo y otros factores imprevisibles como los efectos del terremoto de abril del 2016. Se olvidan de que a pesar de estos problemas, actualmente el nuevo gobierno recibe el país en una situación de recuperación, como lo ha manifestado el actual Ministro de Economía y Finanzas. Dirán que hubo brotes de corrupción, pero se olvidan de que el propio gobierno entregó a los corruptos a la justicia. Criticarán el endeudamiento externo que se hizo para fines sociales y productivos, sin hipotecar la soberanía nacional como se hizo en el pasado.

Estoy seguro que en las noches luminosas de Quito o en las noches esplendidas de Europa, el hálito vital revolucionario de Simón Bolívar, el espíritu de Eloy Alfaro, de los grandes líderes que ha tenido nuestra patria, de sus mártires, harán vibrar el espíritu de este hombre singular que le tocó, como dijo Bolívar, “la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío”.

En ese trance seguramente regresará y volverá con más fuerza.

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